
El busto de Ajenatón del templo de KarnakEl busto de Ajenatón del templo de Karnak
De Amenofis IV a Ajenatón
El faraón Amenofis IV, que ascendió al trono hacia el año 1352 a. C., no tardó en cambiarse el nombre por el de Ajenatón (“el iluminado por el sol”), en honor a un culto casi exclusivo al dios sol. Al hacer esto, Ajenatón relegó a un segundo plano a Amón-Ra, el todopoderoso señor del templo de Karnak en Tebas.

Una imagen reinventada del faraón
Al este del santuario de Amón, frente al sol naciente, Ajenatón mandó construir un patio gigantesco adornado con decenas de columnas en las que reposaban colosos de arenisca parecidos a este. La forma de representar al rey en ese lugar era completamente nueva. El soberano aparecía estirado hacia arriba, con la cara alargada, fina y angulosa; los ojos enormes y entornados; la nariz muy larga y marcada; los labios hipertrofiados; el mentón desproporcionado y la barba desmesurada. En aquellas esculturas que han logrado conservarse bien, el cuerpo de los colosos aparece en ocasiones desnudo y tratado de forma andrógina, con caderas casi femeninas y el vientre protuberante. Hasta entonces, nunca se había mostrado la desnudez del soberano reinante. Es posible que estas estatuas también representaran a Atón, que en lengua egipcia significa sol. De acuerdo con los textos antiguos, este era al mismo tiempo “el padre y la madre de los hombres”.
Una nueva concepción del poder
La nueva concepción del poder convertía al faraón y a su familia en la emanación directa del sol. Los tres pares de cartuchos que vemos en el pecho y las dos muñecas —inscritos en soportes rectangulares— no indican su nombre, como era habitual, sino el del sol, que lo baña con sus efectos benéficos: “Que viva (el dios sol) Ra-Horajty, que se alboroza en el horizonte” “en su nombre de luz, que es Atón”.

La transformación de la imagen y la revolución política
Se desconocen los motivos de las extrañas deformaciones corporales de la imagen del faraón. Lo que se sabe a ciencia cierta es que se pretendía marcar una ruptura brutal con la situación anterior mediante la transformación inmediata y radical de las convenciones tradicionales de la imagen egipcia. Poner de forma consciente y deliberada formas artísticas novedosas al servicio de una ideología política supuso un planteamiento intelectual de una modernidad increíble que, por lo que sabemos, no tuvo parangón en toda la Antigüedad.